| Alas
en concierto
20 de agosto de 2003, teatro ND/Ateneo
escribe
Carlos Salatino, Mellotronweb.com.ar
Resulta difícil retornar de un lugar del que nunca
se partió. Se puede partir físicamente de un
lugar, pero espiritual o sentimentalmente es bastante más
complicado, porque la memoria siempre deja una hendija por
donde las vivencias se cuelan para recordarnos el camino que
recorrimos hasta llegar al presente. En la música,
esas vivencias intangibles generadas por la arquitectura de
los sonidos hace que el pasado esté constantemente
presente en nuestro presente.
Cuando el 20 de agosto de 2003 en el ND/Ateneo, Alas terminó
de tocar Aire, el primer tema del primer concierto en Argentina
después de veintiséis años de pausa,
la larga ovación del público y los rostros de
felicidad de los músicos confirmaron que son mucho
más fuertes esas vivencias musicales compartidas que
el tiempo transcurrido desde la última presentación
del grupo entre nosotros.
Había expectativa por saber cómo sonaba este Alas 2003,
en versión reducidamente ampliada. A la formación original
de Moretto, Zucker y Riganti se sumaron Martín Moretto en
guitarra y, en esta oportunidad en remplazo de Hugo del Curto,
Néstor Marconi en bandoneón. El lugar de los teclados eléctricos
fue suplantado por un piano de cola y la inmensa batería de
otros tiempos fue reducida a su mínima expresión y permitió
el lucimiento sonoro de ollas, cacerolas, budineras y pantallas
de lámparas.
Alas
fue en su momento la expresión musical del Buenos Aires de
los setenta, así como Piazzolla representó su sonido en los
sesenta. El Alas de 2003 representa a la mœsica de esta
ciudad igual a la de los setenta, pero distinta. Despojada
de toda parafernalia eléctrica utilizada en su momento por
una cuestión de contemporaneidad, la mœsica de Alas exhibe
su riqueza compositiva y de matices, basada en un profundo
trabajo contrapuntístico, armónico y tímbrico, lo que la ubica
como una expresión de vanguardia (que ya poseía en su momento)
que la catapulta desde estos primeros pasos del siglo, como
una de las expresiones musicales más representativas de la
mœsica del Buenos Aires actual. Esto se nota tanto en
los clásicos del grupo (Buenos Aires sólo es piedra, Pinta
tu aldea, La caza del mosquito, Silencio de aguas profundas,
con una soberbia labor de Pedro Aznar en bajo), como en los
nuevos temas: el conmovedor Mímame bandoneón, 2001 y Somos
lo que somos, una pintura musical de los sucesos que ocurrieron
en nuestro país, cuya expresión quedó sintetizada en el "cacerolazo".
Gustavo Moretto exhibe un total dominio del piano y controla
desde su posición que la mœsica fluya expresivamente,
Alex Zucker se erige como una sólida pared sobre la cual el
grupo se apoya rítmica y armónicamente, Carlos Riganti exhibe
una ductilidad notable para la difícil tarea de sacar expresiones
musicales de los tan disímiles elementos que conforman su
batería, Martín Moretto se transforma con su guitarra en una
pieza clave para el armado melódico y armónico del sonido
de Alas 2003, y Néstor Marconi le da coloratura, fuerza y
expresividad a sus intervenciones con el bandoneón, como ya
nos tiene acostumbrados.
La
participación de Pedro Aznar con su reconocida musicalidad,
sirvió para redondear un concierto memorable y que nos devolvió
una de las expresiones más maduras que dio la mœsica
de los años setenta. La mœsica de Alas nunca partió
de Buenos Aires. Ocurrió que, como la ciudad y sus habitantes,
maduró en silencio al ritmo del tráfico, las autopistas, las
catástrofes económicas y de las otras, la globalización...
Es la misma ciudad hecha piedra pero, como sus habitantes,
sigue aquí, porque nuestras vivencias, sobre todo las musicales
de aquellos que tuvimos la suerte de compartirlas con Alas,
nunca partieron. Y, como decíamos al principio, resulta difícil
retornar de un lugar del que nunca se partió.
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